Tal vez algo pueda aparecer acá algún día. Todo depende de que tanto tiempo me quede entre quitarme el uniforme de soldado del sistema y ponerme el de comandante de mi cama.

lunes, octubre 23, 2006

Dios como proyección del temor y de la impotencia humana

Dios es un dilema, es una disyuntiva, es una opción, es un cruce de caminos.


Yo no creo en Dios, al menos en el Dios de los cristianos. Yo no creo en Dios y sin embargo lo escribo con mayúsculas, una reminiscencia de mi educación eminentemente católica. Yo no creo en Dios y sin embargo no puedo dejar de sentir algo por su madre, por la Virgen María. Yo no creo en Dios y me casé por la iglesia (sí, con minúsculas). Yo no creo en Dios y tal vez quisiera creer, pero ya no puedo.


Una de las cosas que quedó impresa en la memoria de mi infancia es aquella tarde en el colegio De La Salle, tal vez en cuarto de primaria, cuando un hermano nos hacía repetir incansablemente el catecismo de la iglesia católica. Virtudes teologales, dones, pecados capitales, sacramentos y demás. Justamente dentro de los dones que nos da el Espíritu Santo está el "Don de temor de Dios"; nunca entendí cabalmente el significado de este don, sólo sé que muchos años más tarde es justamente ese don el que no tengo.


No tengo miedo de Dios. Ya no. Le tuve miedo por mucho tiempo, le tuve miedo toda mi infancia, toda mi adolescencia. Ahora miro para atrás y veo el miedo que tuve con mucha tristeza. Tuve miedo de mi abuela, aquella santa señora defensora del catecismo y de las buenas costumbres, hermana de la iglesia, devota morada del Señor de los Milagros; a ella la amé, la amo y seguramente ella está en la lista de espera de los primeros en ser resucitados, los primeros en estar sentados a la derecha del padre. Tuve miedo de mi madre, no tan estricta pero igual de creyente; a ella también la amo más que a nadie y seguro me odiaría por esto que escribo ahora. Pero, lo peor es que tuve miedo de mí.


Tuve miedo de mí, de lo que pudiera hacer para ofender o alegrar a ese Dios que no conocía, a ese Dios que está en todos lados y en ninguno; a ese Dios que es infinitamente bueno y sin embargo parece que no le interesara nada ni nadie. A ese Dios que es infinitamente justo y sin embargo este mundo es tan injusto. Por ese Dios hice o dejé de hacer muchas cosas. Y ahora comprendo el verdadero significado de ese precioso don.


El temor a cualquier cosa, incluso a Dios, nos limita y nos reprime y nos obliga a actuar de tal o cual manera. Lo único que tenemos es nuestra humanidad, el tiempo que pasemos sobre esta tierra, y no tiene sentido pasar la vida con temor. Lo único cierto es la muerte, lo que venga después de ella para efectos prácticos no interesa.


Así que después de muchas madrugadas, de muchas palabras, de mucho y poco vivir, de mucho y poco conocer, de mucho bien y de mucho mal; intuyo que Dios no existe y si existe no se parece en nada a lo que me enseñaron en mi casa y en mi colegio, no es un Dios bueno ni justo ni sabio, simplemente no está ahí. No espera nada de mí y yo tampoco espero nada de él. ¿Qué te hace pensar que tú le importas a Dios?


Dios es un mito, fruto de la impotencia de nuestra fragil humanidad; Dios es una creación de unos cuantos para someter a muchos, Dios es el camino más facil para explicarlo todo sin entender nada, Dios es una proyección de nuestros anhelos y por sobretodo Dios es la prisión que limita la libertad del hombre.


Ahora, a mis veintitantos años encima, después de incansables búsquedas y de preguntas sin respuesta puedo decir con la seguridad propia de un niño, de ese niño de primaria que fui alguna vez, que no creo en Dios, que Dios no existe y lo que es mejor: que ya no le temo.

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